Los maltrataba. Después de unos cuantos azotes; las heridas abiertas. La conciencia parecía piraña hambrienta del Amazonas. Así volvía a sentirse culpable y repetía en su mente no volveré a hacerlo, pobrecitos.
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Pero ni bien reaccionó, volvió a ensimismarse. Desde el pasillo se escuchaba que gritaba ¿¡por qué parte sigo ahora!?
viernes, 24 de septiembre de 2010
Escape.
Los maltrataba. Después de unos cuantos azotes; las heridas abiertas. La conciencia parecía piraña hambrienta del Amazonas. Así volvía a sentirse culpable y repetía en su mente no volveré a hacerlo, pobrecitos.
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Ya no había pelo que maltratar.
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Ya no había pelo que maltratar.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Inasible.
A D. I.
Los sábados olían a perfume de hombre y tabaco. También eran días de sinfonía de tripas. Pero qué importaba el hambre, o el sueño. Importaba verlo, escucharlo, conversar.
Sus ojos eran almendrados, medio achinados. Usaba el pelo corto, rapado. Las canas ya asomaban. Hasta en el bigote. Su sonrisa era pícara, cómplice. Como si siempre supiera lo que estaba pensando; y tal vez al leer mi mente, viera la inmoralidad, la fascinación, o el respeto, y lo guardara como secreto. Su mirada, tan intensa, profunda, insinuante, invadía con hogueras mi mente quinceañera.
Con el paso del tiempo se transformó en mi cómplice. Siempre lo llamaba y hablábamos por horas. Mis compañeras me preguntaban por él con mirada insidiosa. En el colegio siempre se referían a él con cierto recelo. Era el outsider por excelencia en el pueblo, el enemigo de las instituciones, de los convencionalismos. Y eso me dejaba pasmada.
Él fue el primero en incentivar mi escritura. Leyó algunos de mis primeros cuentitos. Y pese a saber tanto, fue indulgente, nunca los destrozó. Me decía Cata, lee esto. Entonces encendía un cigarro y se paseaba por la casa, esperando a que terminara de leer. De fondo bossanova, en un disco que no terminaba nunca. O que se repetía pero no me daba cuenta. Me mostró el cielo marica de Lemebel, a Benedetti, a Cortázar, la golondrina golonchina de Huidobro. Me hablaba de Chomsky y Maturana, y yo no entendía mucho, pero me parecía increíble igual. Mi mirada seguramente borboteaba fuegos artificiales, o por lo menos, una llamarada.
Siempre me dijo que debía irme lejos. Lo hice. Tal vez ahí comenzó el principio del fin. El primer año lo llamé un par de veces, quería contarle mis aventuras. El segundo año las cosas fueron agrias. Un día me gritó por teléfono y dijo que despertara, que dejara de huevear. Ese fue el momento en que la distancia hizo su parte.
Un día de marzo me dijeron que estaba enfermo, desahuciado. Quería saber de él, escucharlo. Tal vez no era cierto. Pueblo chico, infierno grande, dicen. Pero había decidido recluirse, alejarse del mundo. No quería hablar, no quería ser visto.
El último día de septiembre recibí un llamado. Era de noche. Había muerto. Creo que grité. Y luego lloré. Lloré días, semanas. Sigo llorando.
Al día siguiente comencé a averiguar acerca del funeral. No me importaba donde fuera, por él habría viajado a China. Pero no hubo funeral. No quería ser sepultado, no quería estar en un cementerio. Su cuerpo fue consumido por las llamas, y las cenizas fueron esparcidas en un parque lejano, cerca de Santiago. La muerte le arrancó todo, pero él se encargó de que al menos fuese a su manera.
No hay día en que no lo recuerde. A veces me gusta pensar que me está observando, y que ha dispuesto todo para mí. Cuando entré al taller sólo pensaba en él, y en las ganas que tenía de contárselo. Quizás se habría sentido orgulloso, me habría dado mil consejos. Le mostraría lo que hago; mis cuentos, mis trabajos, mis ideas. Pero no está. Ha desaparecido. No está muerto. En mi mente, en mis recuerdos, sigue fumando y riendo.
Los sábados olían a perfume de hombre y tabaco. También eran días de sinfonía de tripas. Pero qué importaba el hambre, o el sueño. Importaba verlo, escucharlo, conversar.
Sus ojos eran almendrados, medio achinados. Usaba el pelo corto, rapado. Las canas ya asomaban. Hasta en el bigote. Su sonrisa era pícara, cómplice. Como si siempre supiera lo que estaba pensando; y tal vez al leer mi mente, viera la inmoralidad, la fascinación, o el respeto, y lo guardara como secreto. Su mirada, tan intensa, profunda, insinuante, invadía con hogueras mi mente quinceañera.
Con el paso del tiempo se transformó en mi cómplice. Siempre lo llamaba y hablábamos por horas. Mis compañeras me preguntaban por él con mirada insidiosa. En el colegio siempre se referían a él con cierto recelo. Era el outsider por excelencia en el pueblo, el enemigo de las instituciones, de los convencionalismos. Y eso me dejaba pasmada.
Él fue el primero en incentivar mi escritura. Leyó algunos de mis primeros cuentitos. Y pese a saber tanto, fue indulgente, nunca los destrozó. Me decía Cata, lee esto. Entonces encendía un cigarro y se paseaba por la casa, esperando a que terminara de leer. De fondo bossanova, en un disco que no terminaba nunca. O que se repetía pero no me daba cuenta. Me mostró el cielo marica de Lemebel, a Benedetti, a Cortázar, la golondrina golonchina de Huidobro. Me hablaba de Chomsky y Maturana, y yo no entendía mucho, pero me parecía increíble igual. Mi mirada seguramente borboteaba fuegos artificiales, o por lo menos, una llamarada.
Siempre me dijo que debía irme lejos. Lo hice. Tal vez ahí comenzó el principio del fin. El primer año lo llamé un par de veces, quería contarle mis aventuras. El segundo año las cosas fueron agrias. Un día me gritó por teléfono y dijo que despertara, que dejara de huevear. Ese fue el momento en que la distancia hizo su parte.
Un día de marzo me dijeron que estaba enfermo, desahuciado. Quería saber de él, escucharlo. Tal vez no era cierto. Pueblo chico, infierno grande, dicen. Pero había decidido recluirse, alejarse del mundo. No quería hablar, no quería ser visto.
El último día de septiembre recibí un llamado. Era de noche. Había muerto. Creo que grité. Y luego lloré. Lloré días, semanas. Sigo llorando.
Al día siguiente comencé a averiguar acerca del funeral. No me importaba donde fuera, por él habría viajado a China. Pero no hubo funeral. No quería ser sepultado, no quería estar en un cementerio. Su cuerpo fue consumido por las llamas, y las cenizas fueron esparcidas en un parque lejano, cerca de Santiago. La muerte le arrancó todo, pero él se encargó de que al menos fuese a su manera.
No hay día en que no lo recuerde. A veces me gusta pensar que me está observando, y que ha dispuesto todo para mí. Cuando entré al taller sólo pensaba en él, y en las ganas que tenía de contárselo. Quizás se habría sentido orgulloso, me habría dado mil consejos. Le mostraría lo que hago; mis cuentos, mis trabajos, mis ideas. Pero no está. Ha desaparecido. No está muerto. En mi mente, en mis recuerdos, sigue fumando y riendo.
sábado, 21 de agosto de 2010
martes, 17 de agosto de 2010
Escalera al infierno.
La calle estaba húmeda, había estado lloviendo por casi tres días seguidos. Iba ensimismada, barajando posibilidades, opciones, las más diversas. Y mientras consideraba cada una, pareciera que alguien estrujara su estómago como mantel de cocina. El peso sobre ella ya estaba; como veinte sacos de harina cargándolos al mismo tiempo. Cada músculo apretado, tenso. Y un sudor helado que recorría la espalda.
Luego de unos minutos, estaba decidida, no podía esperar. Por unos segundos mordió su labio inferior tan fuerte, que al asomar la sangre, fue como si ese sabor salado tuviese una propiedad luminosa: no podía tener ese hijo. No. Del tema había escuchado bastante. En su casa decían que era pecado, asesinato. En el colegio, enseñaban que quienes lo hicieran, arderían en la caldera del diablo. Sus amigas seguramente la instarían a soportar las humillaciones eventuales, estaban aburridas y sería la ocasión perfecta para una nueva mascota en el grupo. Ella en cambio, estaba segura de que el infierno no existía, y si existía, era este. Si sus amigas querían entretención, que compraran un perro, o, mejor, que las preñadas fueran ellas.
No dejaba de pensar en las enseñanzas de Sor Beatriz, y de lo inquietante que sonaba arder vivo. Luego pensó, sería como Cronos engullendo a sus hijos.
Bajaba la última escalera para despedir el cerro. Horrorizada resbaló. Rodó.
Luego de unos minutos, estaba decidida, no podía esperar. Por unos segundos mordió su labio inferior tan fuerte, que al asomar la sangre, fue como si ese sabor salado tuviese una propiedad luminosa: no podía tener ese hijo. No. Del tema había escuchado bastante. En su casa decían que era pecado, asesinato. En el colegio, enseñaban que quienes lo hicieran, arderían en la caldera del diablo. Sus amigas seguramente la instarían a soportar las humillaciones eventuales, estaban aburridas y sería la ocasión perfecta para una nueva mascota en el grupo. Ella en cambio, estaba segura de que el infierno no existía, y si existía, era este. Si sus amigas querían entretención, que compraran un perro, o, mejor, que las preñadas fueran ellas.
No dejaba de pensar en las enseñanzas de Sor Beatriz, y de lo inquietante que sonaba arder vivo. Luego pensó, sería como Cronos engullendo a sus hijos.
Bajaba la última escalera para despedir el cerro. Horrorizada resbaló. Rodó.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Me odio a mi misma por amarte
Odio este sentimiento tan fuerte y tan arraigado como uña encarnada, haces aflorar en mí mucho de lo que desprecio y critico en otros. Pero no me voy a rendir tan fácil. Dile que se prepare. Prepárate.
martes, 3 de agosto de 2010
Mariposas de Koch

"Así es como han empezado a aparecer estas mariposas teñidas en lo hondo de mi corazón, que vosotros, equivocadamente, llamáis escupitajos de sangre. Como véis, no lo son, siendo, puramente, mariposas rojas de mi roja sangre. Si, en vez de volar, como debieran hacerlo por ser mariposas, caen pesadamente al suelo, como los cuajarones que decís que son, es sólo porque nacieron y se desarrollaron en la oscuridad y, por consiguiente, son ciegas, las pobrecitas". "Mariposas de Koch", Antonio Di Benedetto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)