No, no estoy mal. Pero esto me duele. Veo una foto tuya con ella y siento como mi corazoncito mamón y hueón cruje y se triza. Hoy leí que así empezó a sonar el cerro horas previas a que los mineros quedaran atrapados. Ellos soportaron 70 días. Yo llevo años.
sábado, 16 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Dejar de ser mono
EL espíritu de investigación no tiene límites. En los Estados Unidos y en Europa han descubierto a últimas fechas que existe una especie de monos hispanoamericanos capaces de expresarse por escrito, réplicas quizá del mono diligente que a fuerza de teclear una máquina termina por escribir de nuevo, azarosamente, los sonetos de Shakespeare. Tal cosa, como es natural, llena estas buenas gentes de asombro, y no falta quien traduzca nuestros libros, ni, mucho menos, ociosos que los compren, como antes compraban las cabecitas reducidas de los jíbaros. Hace más de cuatro siglos que fray Bartolomé de las Casas pudo convencer a los europeos de que éramos humanos y de que teníamos un alma porque nos reíamos; ahora quieren convencerse de lo mismo porque escribimos.
Augusto Monterroso
Augusto Monterroso
jueves, 7 de octubre de 2010
domingo, 3 de octubre de 2010
sábado, 2 de octubre de 2010
Escape/versión final
Un golpe. Dos golpes. Tres. Varios latigazos. Una quemadura; muchas. Un chirrido. Luego chillidos. Clamaban por piedad, pero no había caso. Debían pagar por su terquedad. Les decían que no y volvían a hacerlo. ¡Estoy diciendo que se queden ahí, porfiados! Y al oír esta exhortación, quedaban impávidos esperando a que ocurriera lo peor. Con una voz patronal, y el fusil enfrente, eran dirigidos al lugar exacto en el que debían estar.
Junto con el lugar, venían las indicaciones. Escuchaban impasibles, mientras les gritaban exigiendo obediencia. Ante el menor atisbo de relajo, volvían los manotazos, los gritos, los chirridos y los chillidos.
Era una situación asfixiante. Frente a la situación de mierda, comprendieron que el escenario, cual campo de concentración, exigía una salida, una solución, un escape.
Organizados, comenzaron a huir. Lentamente, en el silencio de las cómplices noches. Algunas veces en solitario, otras, en grupo. Al marcharse, unos con otros se despedían y manifestaban su amarga alegría. Si en la oscuridad te detenías, podías escuchar los adioses, y los deseos de una vida mejor.
Una mañana, el fusil volvió a buscarlos para continuar con el martirio, para que no olvidaran cómo debían comportarse. Los alaridos y manotazos, una vez más. Los pocos que quedaban, valientes, no se preocuparon por aparentar sumisión. No había nada que perder. Frente a la rebeldía, el opresor desesperó. El poder es legitimado por el pueblo, por los subalternos, por los esclavos; si no hay acatamiento, no hay autoridad. Como un intento desesperado, el fusil abrió fuego. Pero antes de que pudiera ultimar a alguien, era demasiado tarde. Escaparon todos. El fuego se detuvo. Era inútil. Sin prisioneros en la cabeza, no había nada que secar, o estirar.
Junto con el lugar, venían las indicaciones. Escuchaban impasibles, mientras les gritaban exigiendo obediencia. Ante el menor atisbo de relajo, volvían los manotazos, los gritos, los chirridos y los chillidos.
Era una situación asfixiante. Frente a la situación de mierda, comprendieron que el escenario, cual campo de concentración, exigía una salida, una solución, un escape.
Organizados, comenzaron a huir. Lentamente, en el silencio de las cómplices noches. Algunas veces en solitario, otras, en grupo. Al marcharse, unos con otros se despedían y manifestaban su amarga alegría. Si en la oscuridad te detenías, podías escuchar los adioses, y los deseos de una vida mejor.
Una mañana, el fusil volvió a buscarlos para continuar con el martirio, para que no olvidaran cómo debían comportarse. Los alaridos y manotazos, una vez más. Los pocos que quedaban, valientes, no se preocuparon por aparentar sumisión. No había nada que perder. Frente a la rebeldía, el opresor desesperó. El poder es legitimado por el pueblo, por los subalternos, por los esclavos; si no hay acatamiento, no hay autoridad. Como un intento desesperado, el fusil abrió fuego. Pero antes de que pudiera ultimar a alguien, era demasiado tarde. Escaparon todos. El fuego se detuvo. Era inútil. Sin prisioneros en la cabeza, no había nada que secar, o estirar.
viernes, 1 de octubre de 2010
sábado, 25 de septiembre de 2010
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