domingo, 3 de octubre de 2010
sábado, 2 de octubre de 2010
Escape/versión final
Un golpe. Dos golpes. Tres. Varios latigazos. Una quemadura; muchas. Un chirrido. Luego chillidos. Clamaban por piedad, pero no había caso. Debían pagar por su terquedad. Les decían que no y volvían a hacerlo. ¡Estoy diciendo que se queden ahí, porfiados! Y al oír esta exhortación, quedaban impávidos esperando a que ocurriera lo peor. Con una voz patronal, y el fusil enfrente, eran dirigidos al lugar exacto en el que debían estar.
Junto con el lugar, venían las indicaciones. Escuchaban impasibles, mientras les gritaban exigiendo obediencia. Ante el menor atisbo de relajo, volvían los manotazos, los gritos, los chirridos y los chillidos.
Era una situación asfixiante. Frente a la situación de mierda, comprendieron que el escenario, cual campo de concentración, exigía una salida, una solución, un escape.
Organizados, comenzaron a huir. Lentamente, en el silencio de las cómplices noches. Algunas veces en solitario, otras, en grupo. Al marcharse, unos con otros se despedían y manifestaban su amarga alegría. Si en la oscuridad te detenías, podías escuchar los adioses, y los deseos de una vida mejor.
Una mañana, el fusil volvió a buscarlos para continuar con el martirio, para que no olvidaran cómo debían comportarse. Los alaridos y manotazos, una vez más. Los pocos que quedaban, valientes, no se preocuparon por aparentar sumisión. No había nada que perder. Frente a la rebeldía, el opresor desesperó. El poder es legitimado por el pueblo, por los subalternos, por los esclavos; si no hay acatamiento, no hay autoridad. Como un intento desesperado, el fusil abrió fuego. Pero antes de que pudiera ultimar a alguien, era demasiado tarde. Escaparon todos. El fuego se detuvo. Era inútil. Sin prisioneros en la cabeza, no había nada que secar, o estirar.
Junto con el lugar, venían las indicaciones. Escuchaban impasibles, mientras les gritaban exigiendo obediencia. Ante el menor atisbo de relajo, volvían los manotazos, los gritos, los chirridos y los chillidos.
Era una situación asfixiante. Frente a la situación de mierda, comprendieron que el escenario, cual campo de concentración, exigía una salida, una solución, un escape.
Organizados, comenzaron a huir. Lentamente, en el silencio de las cómplices noches. Algunas veces en solitario, otras, en grupo. Al marcharse, unos con otros se despedían y manifestaban su amarga alegría. Si en la oscuridad te detenías, podías escuchar los adioses, y los deseos de una vida mejor.
Una mañana, el fusil volvió a buscarlos para continuar con el martirio, para que no olvidaran cómo debían comportarse. Los alaridos y manotazos, una vez más. Los pocos que quedaban, valientes, no se preocuparon por aparentar sumisión. No había nada que perder. Frente a la rebeldía, el opresor desesperó. El poder es legitimado por el pueblo, por los subalternos, por los esclavos; si no hay acatamiento, no hay autoridad. Como un intento desesperado, el fusil abrió fuego. Pero antes de que pudiera ultimar a alguien, era demasiado tarde. Escaparon todos. El fuego se detuvo. Era inútil. Sin prisioneros en la cabeza, no había nada que secar, o estirar.
viernes, 1 de octubre de 2010
sábado, 25 de septiembre de 2010
viernes, 24 de septiembre de 2010
Escape - final alternativo.
Los maltrataba. Después de unos cuantos azotes; las heridas abiertas. La conciencia parecía piraña hambrienta del Amazonas. Así volvía a sentirse culpable y repetía en su mente no volveré a hacerlo, pobrecitos.
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Pero ni bien reaccionó, volvió a ensimismarse. Desde el pasillo se escuchaba que gritaba ¿¡por qué parte sigo ahora!?
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Pero ni bien reaccionó, volvió a ensimismarse. Desde el pasillo se escuchaba que gritaba ¿¡por qué parte sigo ahora!?
Escape.
Los maltrataba. Después de unos cuantos azotes; las heridas abiertas. La conciencia parecía piraña hambrienta del Amazonas. Así volvía a sentirse culpable y repetía en su mente no volveré a hacerlo, pobrecitos.
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Ya no había pelo que maltratar.
Que culpa tenían ellos de ser así, tan tercos. Le costaba disculpar que a menudo la dejaran mal. Y así perdía la paciencia. Y volvía al amor duro, a los castigos y luego, una vez más, al remordimiento.
Estaban aburridos de tanto insulto, tanto zamarreo. Esa no era vida. Mejor escapar, o morir. Así iban desapareciendo. Tan miserables vivían, que la ausencia era inadvertida.
Un día, los manotazos fueron más intensos. Gritos iban y venían. Podía escuchar los chillidos de dolor de sus prisioneros. De vuelta se escuchaba ¡cállense, mierda! Ella era quien mandaba, ellos sólo debían obedecer y en silencio. Se había enajenado. Era una patrona furiosa, como la Quintrala. En sus manos tenía un fusil. Lo empalmó. Comenzó a disparar. Al principio clamaban por piedad. Luego hubo un silencio. Se reincorporó. Tomó conciencia de su imagen en el espejo y se agarró la cabeza. ¡Se habían escapado todos! Ya no había pelo que maltratar.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Inasible.
A D. I.
Los sábados olían a perfume de hombre y tabaco. También eran días de sinfonía de tripas. Pero qué importaba el hambre, o el sueño. Importaba verlo, escucharlo, conversar.
Sus ojos eran almendrados, medio achinados. Usaba el pelo corto, rapado. Las canas ya asomaban. Hasta en el bigote. Su sonrisa era pícara, cómplice. Como si siempre supiera lo que estaba pensando; y tal vez al leer mi mente, viera la inmoralidad, la fascinación, o el respeto, y lo guardara como secreto. Su mirada, tan intensa, profunda, insinuante, invadía con hogueras mi mente quinceañera.
Con el paso del tiempo se transformó en mi cómplice. Siempre lo llamaba y hablábamos por horas. Mis compañeras me preguntaban por él con mirada insidiosa. En el colegio siempre se referían a él con cierto recelo. Era el outsider por excelencia en el pueblo, el enemigo de las instituciones, de los convencionalismos. Y eso me dejaba pasmada.
Él fue el primero en incentivar mi escritura. Leyó algunos de mis primeros cuentitos. Y pese a saber tanto, fue indulgente, nunca los destrozó. Me decía Cata, lee esto. Entonces encendía un cigarro y se paseaba por la casa, esperando a que terminara de leer. De fondo bossanova, en un disco que no terminaba nunca. O que se repetía pero no me daba cuenta. Me mostró el cielo marica de Lemebel, a Benedetti, a Cortázar, la golondrina golonchina de Huidobro. Me hablaba de Chomsky y Maturana, y yo no entendía mucho, pero me parecía increíble igual. Mi mirada seguramente borboteaba fuegos artificiales, o por lo menos, una llamarada.
Siempre me dijo que debía irme lejos. Lo hice. Tal vez ahí comenzó el principio del fin. El primer año lo llamé un par de veces, quería contarle mis aventuras. El segundo año las cosas fueron agrias. Un día me gritó por teléfono y dijo que despertara, que dejara de huevear. Ese fue el momento en que la distancia hizo su parte.
Un día de marzo me dijeron que estaba enfermo, desahuciado. Quería saber de él, escucharlo. Tal vez no era cierto. Pueblo chico, infierno grande, dicen. Pero había decidido recluirse, alejarse del mundo. No quería hablar, no quería ser visto.
El último día de septiembre recibí un llamado. Era de noche. Había muerto. Creo que grité. Y luego lloré. Lloré días, semanas. Sigo llorando.
Al día siguiente comencé a averiguar acerca del funeral. No me importaba donde fuera, por él habría viajado a China. Pero no hubo funeral. No quería ser sepultado, no quería estar en un cementerio. Su cuerpo fue consumido por las llamas, y las cenizas fueron esparcidas en un parque lejano, cerca de Santiago. La muerte le arrancó todo, pero él se encargó de que al menos fuese a su manera.
No hay día en que no lo recuerde. A veces me gusta pensar que me está observando, y que ha dispuesto todo para mí. Cuando entré al taller sólo pensaba en él, y en las ganas que tenía de contárselo. Quizás se habría sentido orgulloso, me habría dado mil consejos. Le mostraría lo que hago; mis cuentos, mis trabajos, mis ideas. Pero no está. Ha desaparecido. No está muerto. En mi mente, en mis recuerdos, sigue fumando y riendo.
Los sábados olían a perfume de hombre y tabaco. También eran días de sinfonía de tripas. Pero qué importaba el hambre, o el sueño. Importaba verlo, escucharlo, conversar.
Sus ojos eran almendrados, medio achinados. Usaba el pelo corto, rapado. Las canas ya asomaban. Hasta en el bigote. Su sonrisa era pícara, cómplice. Como si siempre supiera lo que estaba pensando; y tal vez al leer mi mente, viera la inmoralidad, la fascinación, o el respeto, y lo guardara como secreto. Su mirada, tan intensa, profunda, insinuante, invadía con hogueras mi mente quinceañera.
Con el paso del tiempo se transformó en mi cómplice. Siempre lo llamaba y hablábamos por horas. Mis compañeras me preguntaban por él con mirada insidiosa. En el colegio siempre se referían a él con cierto recelo. Era el outsider por excelencia en el pueblo, el enemigo de las instituciones, de los convencionalismos. Y eso me dejaba pasmada.
Él fue el primero en incentivar mi escritura. Leyó algunos de mis primeros cuentitos. Y pese a saber tanto, fue indulgente, nunca los destrozó. Me decía Cata, lee esto. Entonces encendía un cigarro y se paseaba por la casa, esperando a que terminara de leer. De fondo bossanova, en un disco que no terminaba nunca. O que se repetía pero no me daba cuenta. Me mostró el cielo marica de Lemebel, a Benedetti, a Cortázar, la golondrina golonchina de Huidobro. Me hablaba de Chomsky y Maturana, y yo no entendía mucho, pero me parecía increíble igual. Mi mirada seguramente borboteaba fuegos artificiales, o por lo menos, una llamarada.
Siempre me dijo que debía irme lejos. Lo hice. Tal vez ahí comenzó el principio del fin. El primer año lo llamé un par de veces, quería contarle mis aventuras. El segundo año las cosas fueron agrias. Un día me gritó por teléfono y dijo que despertara, que dejara de huevear. Ese fue el momento en que la distancia hizo su parte.
Un día de marzo me dijeron que estaba enfermo, desahuciado. Quería saber de él, escucharlo. Tal vez no era cierto. Pueblo chico, infierno grande, dicen. Pero había decidido recluirse, alejarse del mundo. No quería hablar, no quería ser visto.
El último día de septiembre recibí un llamado. Era de noche. Había muerto. Creo que grité. Y luego lloré. Lloré días, semanas. Sigo llorando.
Al día siguiente comencé a averiguar acerca del funeral. No me importaba donde fuera, por él habría viajado a China. Pero no hubo funeral. No quería ser sepultado, no quería estar en un cementerio. Su cuerpo fue consumido por las llamas, y las cenizas fueron esparcidas en un parque lejano, cerca de Santiago. La muerte le arrancó todo, pero él se encargó de que al menos fuese a su manera.
No hay día en que no lo recuerde. A veces me gusta pensar que me está observando, y que ha dispuesto todo para mí. Cuando entré al taller sólo pensaba en él, y en las ganas que tenía de contárselo. Quizás se habría sentido orgulloso, me habría dado mil consejos. Le mostraría lo que hago; mis cuentos, mis trabajos, mis ideas. Pero no está. Ha desaparecido. No está muerto. En mi mente, en mis recuerdos, sigue fumando y riendo.
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